Conducir entre "fantasmas"
Hoy en día, ponerse al volante se ha convertido en un ejercicio de adivinación. Ya no basta con respetar las señales y mirar por los espejos; ahora tenemos que vigilar sombras que aparecen y desaparecen en medio de la ciudad.
La temeridad de los cuatro carriles
Hace apenas unos días, en la misma zona de siempre, vivimos un momento surrealista. Un patinete decidió que era buena idea cruzar cuatro carriles seguidos en diagonal, de golpe. Tuvimos la inmensa suerte de que a esa hora el tráfico era fluido, pero la imagen era de película de terror: una persona cruzando vías principales sin luces, sin chaleco reflectante, sin fluorescentes y sin casco. Nada. Era una silueta oscura sorteando el asfalto. Si en ese preciso instante te distraes un segundo ajustando la radio o mirando el GPS, el disgusto te marca la vida para siempre.
Hace apenas unos días, en la misma zona de siempre, vivimos un momento surrealista. Un patinete decidió que era buena idea cruzar cuatro carriles seguidos en diagonal, de golpe. Tuvimos la inmensa suerte de que a esa hora el tráfico era fluido, pero la imagen era de película de terror: una persona cruzando vías principales sin luces, sin chaleco reflectante, sin fluorescentes y sin casco. Nada. Era una silueta oscura sorteando el asfalto. Si en ese preciso instante te distraes un segundo ajustando la radio o mirando el GPS, el disgusto te marca la vida para siempre.
El susto de esta mañana: El patinete invisible
Y por si fuera poco, hoy se repite la historia. Todavía de noche, localizo a un patinete por su carril, pero al llegar a mi desvío, ¡pum!, desaparece. Me quedé esperando, con la duda de si se habría salido de la vía, y mi sorpresa fue que ya lo tenía encima. No llevaba luz delantera. Solo pude verle la luz trasera cuando ya me había rebasado. Iba a mi altura, totalmente a oscuras de frente, confiando su vida ciegamente a que yo, como conductor, estuviera más pendiente de él que él de su propia seguridad.
Y por si fuera poco, hoy se repite la historia. Todavía de noche, localizo a un patinete por su carril, pero al llegar a mi desvío, ¡pum!, desaparece. Me quedé esperando, con la duda de si se habría salido de la vía, y mi sorpresa fue que ya lo tenía encima. No llevaba luz delantera. Solo pude verle la luz trasera cuando ya me había rebasado. Iba a mi altura, totalmente a oscuras de frente, confiando su vida ciegamente a que yo, como conductor, estuviera más pendiente de él que él de su propia seguridad.
Reflexión finalParece que algunos usuarios de VMP no son conscientes de que son invisibles. No llevan casco, no llevan luces y cruzan vías rápidas como si estuvieran en un parque. Es agotador que toda la responsabilidad recaiga en el que va al volante. Estas historias hoy terminan bien y nos vamos a casa con un suspiro de alivio, pero no debería depender de nuestra "suerte" o de nuestra agudeza visual, sino del respeto mínimo a las normas de circulación.

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