
LAS RESIDENCIAS
Hace unos 15 años trabajé en una residencia de ancianos. Me había sacado el curso de auxiliar de geriatría, pero la verdad es que jamás me imaginé que terminaría trabajando así: limpiando, vistiendo, cambiando sábanas en situaciones muy especiales y encargándome de la higiene personal de cada uno. Pero era lo que había, así que entré con ganas. Al principio, ni me pasaba por la cabeza que, de entre cien abuelos y abuelas, me acabaría aprendiendo todos sus nombres, sus gustos y hasta sus enfermedades.
Trabajábamos siempre de dos en dos y teníamos el tiempo justo para cada tarea. A las ocho empezábamos a tope: levantarlos, asearlos y bajarlos al comedor. Había personas que se valían por sí mismas, pero también otros que sufrían enfermedades muy duras como Alzheimer avanzado o demencia senil.
A las once de la mañana pasábamos con el carrito del almuerzo; llevábamos agua, leche fría y caliente, zumos, batidos… Mientras tanto, ellos estaban en los salones viendo la tele. Me encantaba ver a las mujeres haciendo punto o simplemente charlando, contándose sus vidas y hablando de sus hijos. Pero también teníamos una sala más pequeña donde estaban los que tenían la cabecita más perdida, esos que ya no sabían ni en qué día vivían ni tenían recuerdos recientes; solo se acordaban de cuando eran jóvenes. Unos hablaban solos, otros no decían ni palabra en todo el día y otros se ponían a cantar. Había de todo, la verdad.
A la una tocaba llevar a todo el mundo al comedor. La comida la hacían allí mismo dos cocineras. A los que estaban en la sala de los más dependientes y no se podían mover, les ayudábamos a comer entre todas las compañeras del turno. Al terminar, recogíamos todo, los sentábamos de nuevo y, si hacía falta, hacíamos cambios de pañales o de ropa.
Pero para mí, lo más grande de todo era el cariño. Cuando te pedían un café o una infusión a su manera, o cuando se ponían a hablarte de su vida... me sentía una auténtica privilegiada por trabajar para ellos.
Por las tardes, sobre las cuatro y media, salíamos otra vez con el carrito de la merienda: zumos, leche, yogures, galletas o magdalenas. Y otra vez, después de merendar, a cambiar a quien lo necesitara. Ya a las siete y media llegaba la cena, y otra vez el mismo ritual: comida, medicación a quien le tocara, control de azúcar, curas... y al terminar, todos a sus habitaciones. Siempre íbamos de dos en dos, acostando a los que más ayuda necesitaban y echando un vistazo cuarto por cuarto para comprobar que no faltase nadie y que todos estuvieran bien.
Resulta inconcebible que, en pleno siglo XXI, los titulares sigan gritando historias de abandono en las residencias. Comida caducada, desnutrición, deshidratación y, lo más doloroso: el maltrato físico y psicológico de manos de quienes deberían brindar cuidados. Cuesta aceptar que las personas que allí residen, vulnerables y a merced de otros, sufran este tipo de atrocidades. Es una realidad que golpea la razón y el corazón; algo que nadie debería vivir y que nosotros no deberíamos normalizar.
Hoy puedo decir, con total sinceridad, que jamás imaginé realizar un trabajo así. Pero esa experiencia fue un regalo de la vida. Me aportó una gratitud inmensa y una satisfacción personal que llevo conmigo hasta el día de hoy. Cuidar de ellos no fue solo un trabajo; fue una de las lecciones de amor más grandes que he recibido.


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